En este artículo, expongo las ideas básicas que le dan el nombre al blog. Fue publicado originalmente en Revista Lanzallamas.
¿EDUCAR O ADOCTRINAR? UN PROBLEMA
TRIDIMENSIONAL.
Una vez más, los y las docentes
quedamos en el ojo de la tormenta. En esta ocasión fue por la divulgación de un
video filmado a escondidas y luego viralizado, en el que una profesora de
historia tenía una discusión política con un estudiante de nivel secundario, en
forma bastante acalorada y como si lo hiciera con un par. Al instante, los
medios de comunicación hegemónicos convirtieron el caso en el de una “docente
K” que estaba adoctrinando a un alumno; Larreta lo tomó para la campaña
electoral de Juntos por el Cambio, haciendo gala de ser los que pelean porque
los chicos estén en las aulas, y nuevamente todo el modelo educativo pasó a
estar en tela de juicio por sus supuestos tintes adoctrinadores.
Si bien el tema dispara toda una
serie de ejes para discutir, creo útil que podamos reflexionar acerca de esta
palabra que parece haberse puesto de moda durante los últimos años. Resulta que
hace un tiempo, un sector heterogéneo de conservadores en lo social, y
liberales en lo económico, ha venido difundiendo la idea de que en la escuela
los profesores adoctrinamos a los estudiantes, ya sea por una supuesta
veneración al Estado, o bien con una imaginaria “ideología de género”, etc. A
lo que se sumaron las más recientes declaraciones de la ministra de educación
de la ciudad de Buenos Aires, Soledad Acuña, que llamó a denunciar a los
docentes que expresaran posturas políticas frente a sus alumnos.

Son dos caras de la misma moneda,
que se conjugan en el caso de la escuela de Ciudad Evita: no por casualidad la
discusión se dio durante la clase de Historia (y no de otra asignatura), y la
señalada es la docente (y no los estudiantes). Por lo que me voy a sentar algunas posiciones en dos planos, no
para cerrar, sino para poder seguir la discusión, en otros términos:
1. El ¿problema? de las Ciencias Sociales. Hasta el día de hoy, sigo comenzando las
clases en 5° año del secundario, y encontrando que, cuando les muestro a los y
las estudiantes un manual de Historia, entienden que ese libro contiene “la
Historia” del período que vamos a intentar conocer. Esto es un problemón, y es
al mismo tiempo la madre del borrego, que nos tiene que permitir a los docentes
seguir interpelándonos para enriquecer nuestras prácticas. Porque resulta que
ese libro no contiene “la Historia”, sino que es una producción historiográfica
acerca de aquella, para la cual, al mismo tiempo, los autores seleccionaron
investigaciones e hipótesis de determinados historiadores, y no de otros, que a
su vez prefieren usar determinadas teorías y conceptos, y no otros.
La deformación de la realidad
que esto implica, es similar a la de mostrar todo el tiempo un prisma, como si
fuera un rectángulo. Es decir, se presentan la Historia -como realidad pasada-
y la Historiografía -en tanto estudio científico de aquella- como si fueran una
y la misma cosa, pegadas, en dos dimensiones. Siendo que el conocimiento
histórico tiene 3 dimensiones, tiene una profundidad, en tanto siempre vamos a
aquella realidad a través de lo que investigó alguien, con un determinado
bagaje teórico y conceptual. Al negar esto, se crea el mito de la
Historia “objetiva” o “neutral”, como si no hubiera en el medio un sujeto con
deseos de conocer, movido por problemas, hipótesis, intereses, etc.
Lo que se hace un poco más complejo
con una característica que es propia de las Ciencias Sociales: son disciplinas
donde no hay un solo paradigma, sino varios; digamos que no hay un acuerdo
unánime en la comunidad científica acerca de las explicaciones para los
fenómenos en cuestión. Otro ejemplo muy común es el de la Economía: muchos de
nosotros tuvimos clases de esta disciplina donde el profesor explicaba el
mercado, el Estado, la ley de oferta y demanda, los agentes, dando a entender
que eso era “La economía”; siendo que en realidad es: 1. Un intento de conocer
aquella, 2. Una construcción que, para hacer eso, selecciona los puntos de
vista, en aquel caso, del liberalismo. Pero podría hacerlo con los del
keynesianismo, del marxismo, etc.
Con esto vienen aparejados dos
problemas. Primero, que abordar el conocimiento de lo social “en dos
dimensiones” es ocultador de la realidad. Un ejemplo puede ser lo que
pasó con la Historia en nuestro país durante mucho tiempo: la escrita por
Bartolomé Mitre se tuvo por relato oficial, objetivo y neutro, durante mucho
tiempo, siendo que había sido realizada por un miembro de una familia
terrateniente, vinculado al poder estatal, con una visión muy alejada de los
padecimientos populares, y que además había sido parte de esa misma Historia.
Segundo, que, como el lastre de la “neutralidad” sigue pesando, puede suceder
que parezca que enseñamos una Historia “politizada” o “no objetiva” cuando en
realidad sólo sinceramos las perspectivas desde las que enseñamos; de ahí sale
el famoso “zurdo adoctrinador”.
2. La cuestión del educando. En este plano también arrastramos una “pesada herencia”: la de
entender a los y las estudiantes como “tablas rasas” en las que podríamos imprimir
nuestros pareceres. A esta altura esto ya es indefendible, y de hecho queda
demostrado en el famoso video. Solamente alguien que nunca estuvo frente a un
curso con chicos y chicas de 14, 15, 16 años, podría pensar que son esponjas
que van a absorber nuestras ideas y pareceres. Ellos piensan, sienten, opinan,
acuerdan o no, polemizan, cuestionan, etc. Y es lo mejor que nos puede pasar,
ya que esas actitudes, siempre en el marco del respeto mutuo, son también
motores de poderosos actos educativos.
Detrás de actitudes como el llamado
de Acuña a la delación, entonces, puede haber varias cosas. En primer lugar, un
desconocimiento de los diseños curriculares, que señalan que la política es
parte del aula, y que los y las docentes tenemos como misión formar ciudadanos
críticos, responsables, participativos, que puedan tomar en sus manos la
necesidad de transformar esta sociedad para mejorarla. Y, en segundo lugar,
podríamos pensar que se halle una subestimación de los adolescentes y sus
capacidades; pero quizá no sea tal cosa, y se trate más bien de una política
delineada para adoctrinar.
Es que el famoso adoctrinamiento
pasa por uno de los carriles del camino que anduvimos a lo largo de esta
opinión: el del ocultamiento. Nunca es abierto, ni sincero; siempre es
velado. Y pasa por silenciar la diversidad de voces en la monotonía de lo único,
por deshistorizar lo que es histórico y presentarlo como natural, para que
parezca que no puede ser cambiado. No habría formas de explicar o enseñar la
Historia o la economía, sino sólo “Historia” y “Economía”; tampoco docentes que
estimulen el debate, promoviendo opiniones sólidas, ayudando a fortalecer la
capacidad de argumentar, a partir de sincerar ellos mismo muchas de sus
opiniones, sino sólo profesores y profesoras que irían a hacer “lo que tienen
que hacer”: transmitir lo que alguien más diseñó; obviamente alguien sin
interés político ni partidario…
Entonces, si estamos de acuerdo en
que el posible adoctrinamiento debe ser combatido ¿No será mejor tomar, en todos
los planos, el camino de las “3 dimensiones”? Sincerar los paradigmas que
elegimos para explicar, y al mismo tiempo dar posibilidades para la
contrastación con otras explicaciones, puede dar lugar a argumentaciones mucho
más sólidas. Abrir el lugar desde el que hablamos, nuestras opiniones y
nuestras posiciones políticas, es sencillamente no mentir, y puede
utilizarse como trampolín para debates muy enriquecedores, siempre que
entendamos que no somos pares de los estudiantes, y que estamos ahí para ayudar
a que desplieguen sus propias capacidades. Para los docentes es más riesgoso,
porque perdemos una posición de poder: la que nos da ser los poseedores del
conocimiento, el que tiene una apariencia indestructible cuando se presenta
como dado e infalible y casi como divino, pero una esencia con pies de barro. Y
que al mismo tiempo posee una apariencia más endeble, pero una esencia sólida,
cuando se presenta como lo que es: resultado de una construcción, de un proceso
de prueba y error que lo fortaleció y que al mismo tiempo es indicador de que
puede ser mejorado o superado. Será cuestión de animarse.
Emmanuel Benigni